Por: Jimena Beltrán / Fotografía: Cotton bro studio
¿Cuántos de nosotros, al despertar, lo primero que revisamos son las redes sociales o específicamente, Instagram? Para ver qué hay de nuevo, qué like tenemos, o simplemente para ver qué están haciendo nuestros amigos o mejor dicho, las personas a las que seguimos.
Al abrirlo vemos el nuevo viaje de una influencer, el café aesthetic de la nueva cafetería en tendencia, cuerpos perfectos en el gym, cosas bonitas, parejas felices, éxitos profesionales, que tu amiga de la universidad ya se comprometió, nuevas rutinas de ejercicio o simplemente, que las personas están haciendo siempre algo increíble.
Pero, ¿dónde queda la otra parte? ¿Los días grises? ¿Los días que no tienes ganas de ejercitarte, en los que tal vez no te alcanza o no quieres gastar en un café sobrevalorado de más de 100 pesos? ¿Qué pasa cuando tu novio te corta, cuando simplemente no tienes pareja, cuando no has tomado vacaciones en un largo tiempo, que trabajas más de 8 horas, estás con gripe o simplemente no tuviste un buen día?
En las redes sociales simplemente no existen esos días. Todo está bien encuadrado, perfecto.
Entonces, la verdadera pregunta es; ¿cuánto de esa realidad estamos viendo y mostrando? La realidad es que solo vemos una parte de esa vida, y mostramos una versión cuidadosamente editada quitando lo que no nos gusta. Seleccionamos qué momentos mostrar; qué ángulo, qué foto, qué outfit, qué día, qué viaje, qué latte. Instagram y muchas otras redes convierten una vida completa de 24 horas en una colección de historias seleccionadas que, además, desaparecen en 24 horas.
Y de ahí se desata una comparación silenciosa; ¿por qué yo no estoy en el gym a las 12 de la tarde? ¿Por qué no he ido a ese nuevo café? ¿Por qué no me he ido de viaje? ¿Por qué no tengo una pareja? ¿Por qué no tengo ese cuerpo? ¿Por qué no tengo esas cosas lindas? Si bien el objetivo es sentirse inspirado, a veces tiene el efecto contrario, porque es inevitable comparar nuestra vida completa; que tiene días buenos, malos, aburridos, problemáticos, sin descanso, con descanso, con inseguridades, con sentimientos, con crisis, y hasta enfermedades comparando todo esto con los mejores momentos seleccionados de cientos de personas en diferentes contextos de vida.
Por qué la realidad es que Instagram y todas las plataformas trabajan mediante un algoritmo y nos muestran contenido dependiendo de lo que nos gusta, nos interesa y lo que compartimos. Entonces, nuestra experiencia dentro de Instagram termina siendo una realidad personalizada
Entonces, ¿Vemos el mundo o vemos una versión del mundo diseñada para nosotros?
Y esa realidad diseñada también puede hacernos sentir presión. Aunque uno no monetiza, no tengamos los 30 mil seguidores, queremos mostrar también que no sólo vivimos, sino que vivimos «instagreamablemente», porque muchas veces estamos pensando en cómo se va a ver esa experiencia.
Si vamos a un restaurante, foto. Si viajamos, foto. El outfit lo convertimos en reel. El cumpleaños o un momento bonito espontáneo en; “ espera tengo que grabarlo “.
¿Por qué a veces dejamos de vivir el momento para documentarlo?
Y no me malinterpreten: yo, como fotógrafa, amo tomarle foto a cada cosa que veo. Pero justamente hay que recordar que en la fotografía se encuadra, se selecciona, se dejan cosas fuera y se edita. Eso es justo lo que hacemos todos los que usamos estas plataformas, pero a una escala enorme.
Yo viví sin Instagram durante más de la mitad de mi vida y entiendo que todo comenzó justamente como eso: tomar momentos instantáneos, no planeados pero que fueran digitalmente. Ahora evolucionó a personas que capturan todo y editan hasta que se ve perfecto o va con el feed o la estética.
Instagram también trajo los filtros, el verte bien cada segundo, estándares de belleza, cuerpos perfectos, la productividad, el dinero, las relaciones y, con todo eso, una especie de magia que puede hacer que todo se vea cotidiano y alcanzable, cuando en realidad estamos viendo una versión cuidadosamente editada y construida. La oficina del Surgeon General de Estados Unidos (principal portavoz de salud pública del país) señala que 46% de los adolescentes de 13 a 17 años dicen que las redes sociales hacen que se sientan peor con respecto a su imagen corporal.
Entonces el problema no es que exista una realidad digital. El problema empieza cuando a uno se le olvida que existe esa edición y que, en realidad, estamos viendo una realidad seleccionada.
Por eso, desde mi punto de vista, hay que tratar de recordarlo más; estar más presente, disfrutar primero y luego postear. Porque cada persona comparte lo que le gustó de su día o lo quiere compartir, pero todos tenemos días buenos y días malos. Todos nos sentimos tristes y felices y, sobre todo, todos tenemos una vida real aparte de Instagram con sus buenos ángulos y sus filtros.
Tal vez sería bonito que todos compartiéramos cosas más reales, más sencillas o incluso vulnerables. Pero la realidad es que Instagram ya se volvió nuestra vitrina personal y muchas veces no conocemos realmente a las personas que seguimos; conocemos solamente lo que deciden compartir.
Y creo que eso es justo lo que tenemos que recordar: eso es lo que diferencia a Instagram de la realidad. En la vida real no podemos editarlo todo ni elegir qué mostrar. Y quizá eso es lo bonito de conocer a las personas fuera de la realidad digital: ver sus matices, sus días buenos y sus días malos, sin filtro ni edición.


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