Por: Erandi Zapien / Fotografía: Shiny diamond
El maquillaje ha sido desde sus inicios una herramienta de comunicación social. Ha hablado de estatus, rituales, poder y pertenencia. Poco a poco se fue transformando en una forma de identidad y expresión personal; incluso, en determinados momentos de la historia, en una pequeña forma de rebeldía femenina.
Para muchas de nosotras ha significado juego, creatividad, identidad y transformación. Una forma de decidir quién queremos ser durante unas horas. De exagerar algo de nosotras, esconder otra cosa, inventarnos un personaje o simplemente pintarnos los párpados de azul porque sí.
Durante años, la industria de la belleza alimentó esa fantasía y nos vendió la idea de que el maquillaje era la mejor forma de expresión personal; creó para nosotras cientos de formas, colores y texturas que nos dieron el poder de convertirnos en lo que quisiéramos en cuestión de minutos y gritárselo al mundo entero. Y, durante mucho tiempo, eso se sintió liberador.
Hoy, el maquillaje impulsa estándares de belleza que buscan de alguna manera el control femenino. La industria que durante décadas nos vendió la posibilidad de transformarnos parece haber descubierto un negocio todavía mejor: vendernos la obligación de encajar.
Vivimos en una época que habla obsesivamente de individualidad, pero visualmente estamos viendo rostros cada vez más parecidos: las mismas pieles, las mismas cejas, el mismo peinado… El algoritmo ha conseguido crear un ideal de belleza y repetirlo hasta convertirlo en normalidad.
Cuántas veces hemos escuchado frases como “no necesitas maquillaje, así me gustas”, “así naturalita te ves mejor”, “a mí me gustan más las mujeres sin tanto maquillaje”. Los estándares de belleza creados para la comunidad femenina han sido históricamente cambiantes, y maravillosamente contradictorios:
Sé sexy, pero no tanto.
Arréglate, pero no te esfuerces tanto en hacerlo.
Envejece, pero cuida que no se vea.
Maquíllate, pero que se vea natural.
Sé tú misma, pero dentro de los parámetros.
Y además, los parámetros cambian constantemente:
Cuando por fin entendiste el contouring, aparece la piel natural.
Cuando te decidiste a comprar una base mate, llega la piel luminosa.
Cuando perfeccionaste la ceja marcada, llega la ceja orgánica.
Las redes sociales nos bombardean cada segundo con nuevos lanzamientos, nuevas fórmulas, nuevos tonos y nuevas tendencias. Paradójicamente, cada vez necesitamos más productos para conseguir el look de alguien que aparentemente no lleva ninguno.
Antes, unas cuantas revistas, fotógrafos, diseñadores y casas cosméticas decidían qué rostro estaba de moda. Ahora, aparentemente cualquiera puede hacerlo.
TikTok e Instagram parecen democratizar la belleza mientras sus algoritmos premian determinados rostros, técnicas y estéticas una y otra vez. Ya no hay una editora diciéndote: “Así debes verte”, hay millones de videos diciéndote: “Así es como todas nos estamos viendo”.
Y aquí es donde el clean look entra al chat. Porque esta tendencia no solo comunica belleza, también comunica orden. Se ha convertido en un personaje de piel cuidada, uñas perfectas, ropas pulcras y peinado impecable, que juzga y denuncia todo lo que está fuera de él. Ha vendido la idea de que las mujeres debemos ser disciplinadas, saludables, organizadas y productivas, incluso sin esforzarnos en serlo.
Hoy más que nunca, nos damos cuenta que el maquillaje no solo influye en la percepción del atractivo y el estatus social, sino que moldea las relaciones y los comportamientos sociales a conveniencia.
Yo amo el maquillaje y me dedico a él. Y quizá precisamente por eso me interesa cuestionarlo, porque no quiero que desaparezca, quiero que vuelva a ser enorme.
Que vuelva a ser absurdo, artístico, excesivo, sexy, incómodo, divertido, oscuro, colorido, elegante, vulgar, minimalista o prácticamente invisible. Que alguien pueda cubrirse los párpados de glitter y que otra persona use únicamente bálsamo labial. Que ambas estén maquillándose exactamente como quieren, con tres productos o con treinta.
Porque el maquillaje ha estado demasiado cerca del juego, del ritual, de la identidad, de la rebeldía y de la transformación como para terminar convertido en uniforme.
Que el clean look sea una opción, no el código de vestimenta.


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