Cooltura

El rostro invisible de la desigualdad: el impuesto rosa

Seguramente has escuchado, leído o visto alguna vez algo referente al llamado impuesto rosa o pink tax en inglés. Pero, ¿es verdaderamente un impuesto o se lo debemos a otro factor que desconocemos?

Bueno, pues desde mi perspectiva como publicista me puse a leer un poco sobre su significado, implicaciones y un par de estudios que trataré de la forma más resumida posible.

Lo primero que tenemos que saber es que cuando hablamos del impuesto rosa, no hablamos de un impuesto como tal, pero sí del hecho de recuperar una ganancia en la producción de un bien o de recuperar la inversión publicitaria conocidas como ROI (Return of Investment) y ROAS (Return on Ad Spend) respectivamente.

Dando un poquito de contexto, cuando hablamos de ROI, nos referimos a recuperar la inversión sobre la elaboración de un producto, es decir, cuánto le cuesta al productor desde la materia prima hasta el costo del empaque y su diseño, mientras que, cuando hablamos de ROAS, nos referimos desde el momento en el que está colocado en una tienda, hasta cuánto le cuesta a una marca que un producto esté anunciándose en televisión o que llegue a un carrito de compra en internet.

El impuesto rosa no está considerado como un impuesto, sino como la remuneración de la ganancia sobre los productos de índole femenina.

Según la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, el pink tax, debe entenderse como un sobreprecio aplicado por estrategias mercadológicas, como consecuencia de la estrecha vinculación que existe entre la mujer y el hogar, como quien dice, gracias a su gran peso como decidoras en la administración de gastos.

La mujer resulta más activa en el mercado, eso la convierte en un blanco perfecto para las estrategias de consumo.

No solo los productos de higiene personal son los más afectados como pensamos, sino también la ropa, los juguetes y los electrodomésticos.  Además de los seguros financieros, partiendo del supuesto de que la mujer suele vivir más años que el varón, aunque también responden a cuestiones de salud distintas, porque también son proclives a padecer otro tipo de enfermedades que los hombres.

Discriminación en la era del consumo.

El aumento de precios empieza desde que nacemos, los padres de la niña tendrán que pagar más por su ropa y juguetes comparado con los de un niño.

Un estudio del Departamento de Asuntos del Consumidor de Nueva York, afirma que las versiones femeninas de productos de cuidado personal, calzado y juguetes son 7% más costosas que las versiones masculinas. Sucesos como bautizos, comuniones o graduaciones cuestan 76% más.

Incluso hay evidencias de cómo las mujeres son víctimas de mayores estafas al momento de comprar automóviles usados o pagar reparaciones en talleres mecánicos.

A diferencia de otras manifestaciones de desigualdad, en esta no existe institución alguna o norma de atención o protección para las mujeres, si acaso el único órgano encargado de regular asuntos relacionados con los consumidores es la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) cuyo margen de acción en este sentido sigue siendo corto.

Hemos tratado de minimizar el tipo de comunicación que recibimos, del sexismo en todos sus sentidos, muchas mujeres en el mundo también han comenzado campañas que pongan en la mira las políticas acerca del gasto extra que realizan casi en cualquier compra. Sin embargo, al menos en productos de uso exclusivo como toallas sanitarias, tampones, gastos ginecológicos, el precio no tiene punto de comparación y permanecemos sujetos a lo que los fabricantes ofertan.

En nuestro país aún no se habla de protección hacia quienes son víctimas de desigualdad de precios por género, y por otro lado el gobierno sigue sin garantizar que todas las mujeres cuenten con productos y servicios sanitarios básicos. Solo un país en el mundo –Escocia– ha garantizado cubrir un seguro de poco más de 42 libras (800 pesos mexicanos) para productos de higiene femenina a mujeres de bajos recursos.

¿Podemos reducir la desigualdad?

No directamente, esto solo nos recuerda que la lucha por equidad y paridad no solo implica el ámbito de la violencia física o emocional.

Te recomendamos:

  • Tratar de consumir de forma responsable, comparando precios en diferentes establecimientos, aplicaciones y páginas en internet
  • Cambiar tus hábitos de consumo de ropa como por ejemplo sustituir el fast fashion por el slow fashion
  • Sustituir artículos de higiene personal por artículos neutros o para hombre
  • Negociar tarifas con especialistas en ofertas bancarias o sector automotriz
  • Asesorarte con todo tipo de profesionales, médicos, abogados, mecánicos, nutriólogos, lo que se te ocurra. Recuerda que la información es poder

Tarde o temprano los fabricantes, productores y/o corporativos tendrán que ajustarse a la demanda de cualquiera que les consuma, así que no hay más que propiciar el cambio desde las acciones más simples.

En varios países se ha logrado penalizar a las empresas que cobran más a las mujeres y también se ha conseguido legislar la discriminación de precios por género.

Sí, ya existen legislaciones que prohíben la cosificación de la mujer dentro de la comunicación publicitaria como las Leyes de violencia de género y sexismo publicitario en países como Argentina, España, Estados Unidos y México. Pero el cambio debe aplicar en todo sentido, si exigimos comunicación justa al momento de consumir, exijamos también precios justos por productos justos.

El movimiento no termina, ¿qué otras acciones crees que podamos emprender para reducir las brechas de desigualdad de género?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: