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La Feria del Queso y el Vino, donde los sabores se reencuentran

Fotografías: sitio web FNQV

Si algo he de admitir, es que me encanta descubrir nuevos espacios para comer, para bailar, para echarme a leer o para estar simplemente a gusto con uno mismo, siempre ando de patita de perro y me detengo a conocer; en ocasiones descubro por amistades o por aquellas publicaciones en redes que pareciese nos quitan mucho tiempo. A mí personalmente me enriquecen, porque leer lo que otros piensan, tal cual cómo lo sienten, nos da un panorama bien amplio. Pero bueno, ¡no la hagamos de emoción!

Esta ocasión me gustaría hablar un poco de una experiencia que me dejó mucho, pero sobre todo ganas de seguir aprendiendo: Tequisquiapan, pero en particular su ya popular Feria del Queso y el Vino, que tiene cabida tres fines de semana seguidos (entre la última semana de mayo y las primeras dos de julio) en el Parque la Pila, puesto que en esta temporada es cuando los viñedos empiezan a dar sus primeros frutos.

A escasas dos horas de la CDMX se puede disfrutar de un evento de excelente calidad, la gente es increíble y el trato aún más. Para asistir no es necesario ser un perfecto catador de vino, ni tampoco tener conocimientos previos. Uno es libre de sólo comprar su boleto y pasearse entre los pasillos dejándose invadir por los aromas a comida queretana, los quesos frescos y los frutos secos. De la nada los van apareciendo los expertos, explicando por qué un vino blanco va con los pescados y uno tinto con carnes magras o incluso chocolates amargos; así como especialistas que acompañan a sus marcas, y ocasionalmente un asiduo visitante de la feria con quien puedes sentarte a platicar y compartir una copa de vino.

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Lo que me pareció increíble fue que tuvieran tres escenarios perfectamente distribuidos: en uno proliferaba el bossa nova y el jazz, en otro el rock alternativo y en el último una onda más pop. Era como si los organizadores ya tuvieran perfectamente ubicado a sus segmentos; quizá unos de mayor edad, otros con un mood más de descubriendo y otros que buscaban un estado más clásico. Sin importar qué, hay un ambiente para todos.

Cada año llevan artistas distintos, este año el más conocido era Kalimba (honestamente me quedé con ganas de verlo, pero quiero seguir guardando el secreto).

Los niños corrían libremente por los alrededores, jugaban tranquilos, los padres confiados; los amantes de la foto se paseaban mientras capturaban momentos; las parejas disfrutaban en el césped; las amistades y las familias se reencontraban; o esas amigas de la prepa que van cada año, pero hoy cada una goza de más de 52 años. Algo que llamó mucho mi atención fueron dos chicas extranjeras, una holandesa y la otra finlandesa, que venían por segunda vez a México a conocer a las familias de sus novios. 

No basta con visitar la Feria del Queso y el Vino un sólo día, pues más que cientos de vinos que degustar, existen talleres para preparar tu propio vino –quizá más acidez, más dulzura o más cuerpo- dependiendo del gusto de cada persona. Catas de vino o maridajes de cuatro tiempos. Las marcas –como era de esperarse- presentes para descorchar su última edición y hablar de sus procesos de la mano de un experto.

Hubo una cata en específico que me dejó maravillada, se trataba de una charla con un sommelier (el experto en recomendaciones de vino para cada ocasión) y un enólogo (aquel especialista en el arte de la producción del vino), pero cada platillo explicado por un chef. ¡Me voló la cabeza! Cada quien explicaba lo suyo, por su parte el sommelier hablaba de cómo realzar los sabores de los alimentos, de cómo oxidar el vino, por qué se usaban cierto tipo de copas o por qué eran de cierto tipo de cristal, cómo olfatearlo, hacer gesticulaciones con la boca y mezclarlo con pequeños bocados. El enólogo por su parte hablaba de los orígenes de cada uno de los vinos, del tiempo en las barricas, la diferencia entre los climas y las temporalidades de cada etiqueta, incluso las dificultades para sacar alguna edición. Mientras que el chef hablaba de texturas, salsas, sabores, temporadas y por qué es imprescindible respetar las épocas del año, cómo nos trae tanto beneficios de salud como ambientales comer lo que la naturaleza nos regale. Sus secretos caseros y esas recetas de la abuela que había perfeccionado para llevarnos a los comensales platillos como un ceviche fresco con mango y coco, una tostada de callo de hacha en salsa agridulce, pepinillos frescos y aguacate, pato con foie gras sazonado en su grasa, queso manchego y pera caramelizada, macarrón de harina de almendra con higo, queso de cabra tan suave que aún lo siento en el paladar y esa mermelada de higo fermentada que tenía un sabor a autentico vino.

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Antonio, el sommelier nos contaba que llegó a esa profesión porque le encanta comer; cuando su sueldo se lo permitía, asistía a los restaurantes de cortes argentinos más famosos de su ciudad, hablaba con chefs y con comensales, poco a poco la vida lo fue llevando. Roberto, el enólogo, conoció a su pareja trabajando en un viñedo, ella era la dueña, poco a poco aprendió del oficio. Álex, el chef, llevaba en el ADN tanto el vino como la cocina; su abuela Ramona cocinaba cada domingo para la familia las delicias del mar, y su abuelo Ernesto siempre tenía un as bajo la manga, no entendía nada de cocina pero siempre recomendaba un buen vino o un champagne para cada platillo en las reuniones. Él sabía que lo suyo era la gastronomía y aunque sus padres lo querían hacer físico, él les demostró que la cocina es también una ciencia, así que abrió su propio restaurante “El maravillas” en Tequisquiapan, en donde sirve las mismas delicias del mar pero perfeccionadas con alquimia, acompañándolas de los perfectos maridajes.

Claro que había muchas más catas, más experiencias, pero sobre todo más historias. Bastaba con inscribirse a la que llamara la atención y dejarse llevar.

La Feria del Queso y el Vino me dejó muy buen sabor de boca, y por si no fuera suficiente, a tan sólo cinco minutos a pie del centro de la región uno puede salir a turistear, buscar otro rinconcito rico para comer o buscar la fiesta por la noche. Aquel pueblo mágico conserva sus características tradicionales, comida mexicana, puestos con antojitos, pero tiene esa cualidad de acoger perfectamente a diferentes nacionalidades; por alguna razón hay bastantes restaurantes italianos y un par de buenos afters, pero esto ya será parte de otra plática para Runway.

Si tienen la oportunidad de visitar Tequisquiapan, no se pierdan la feria que año con año supera sus expectativas, la entrada está en $250 y cada cata en $300. Todo el consumo es verdaderamente asequible y por la experiencia vale muchísimo la pena.

Pueden consultar fechas en su sitio web: www.feriadelquesoyvino.com.mx

O echar un ojito a sus redes sociales: Instagram, @feriadelquesoyvino

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